De la misma manera se puede explicar la obsesiva amistad que en algún momento de nuestra vida tuvimos con alguien. Debe haber muy pocas personas que no hayan tenido alguna vez en su vida a un mejor amigo único, absoluto, irreemplazable y que excluye completamente a un tercero.
Al mejor amigo no lo elegimos ciegamente, sino que un día se acumuló a otro día y a otro en que ahí estaba. Llegó un momento en que nos entendíamos sin palabras.
(Seguramente hubo alguna confesión de siesta de domingo, con todos los juguetes en stock de nuestra casa desparramados en el piso, o corriendo lejos en la misma dirección en las siete vidas: “Vos sos mi mejor amigo”).
Entonces ya pudimos pelearnos como hermanos: implacablemente.
De más grandes no hay tanto rito, pero quiero resaltar la validez de la afirmación de Chesterton. Cuando somos dos, sean amigos o amigas, podemos llevarnos el mundo por delante.
De chicos: Damos vuelta todos los placares, trepamos al techo, compartimos el escondite. Con más de dos ya hay rollo. O no entramos en el mismo refugio, o nos hacemos mucho bardo y nos descubren.
De adolescentes: Nos prestamos toda la ropa. Nos contamos todos los secretos. Exhibimos nuestra amistad exclusiva y hacemos que otros mueran de envidia por no poder acceder a tan privilegiado club. Hasta nos gustan los mismos chicos y nos reprochamos entre gritos y llantos las mismas actitudes. Si hubiera tres, ya podría haber traición en una etapa de tanta susceptibilidad.
De más grandes: En un viaje a dedo nos levantan todos los autos, en el boliche nos regalan todos los tragos, podemos charlar horas con alguien que sólo a una le interesa, pero siempre la otra se quedará por ahí cerca -porque no tiene otra cosa que hacer- y podrá rescatarnos con la mejor excusa cuando lo necesitemos.
De adultos: Quizás sea el momento en que más tendemos a canjear al mejor amigo por la pareja. Esta es la etapa de extrañar a nuestro amigo exclusivo.
Por último: Las viejas andan de a tres o cuatro, pero siempre hay dos “que se entienden”. La otra, o es muy terca, o es muy amarreta, o tiene siempre esa cara de amargada o nos avergüenza a todas tratando mal a los mozos del café.
En todas las edades, y cuando por alguna razón ya no basta con girar la cabeza para verlos, los recordamos a nuestro lado caminando, estudiando, hinchando las pelotas o simplemente aburriéndose y tratando de robarnos el control remoto. Siempre, en cada etapa, algún elegido. Siempre el mejor amigo.
Para todos mis mejores amigos.


